El día a día de una enfermera de UCI: «Mi hijo me dijo que si iba al hospital me podía morir»

  • Rosa Pila, sanitaria, habla de sus jornadas en el Severo Ochoa: precaución, lucha y miedo ante el coronavirus

En los pasillos de la segunda planta del Hospital Severo Ochoa de Leganés se escuchan las palabras de aliento que los sanitarios susurran a los pacientes ingresados, los más graves del centro; el ruido de los monitores de constantes vitales retumban entre las cuatro paredes de cada habitación y los carros de parada están listos por si cualquier trabajador tiene que tirar de ellos para salvar una vida que intenta irse. Ahí, en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), trabaja como enfermera Rosa Pila desde hace dos años, aunque lleva doce cuidando de los más necesitados en otros hospitales de la región. Desde que el coronavirus entró en Madrid, a finales de febrero, su vida cambió por completo. Ha aumentado las medidas de seguridad para tratar de no contagiar a su familia y a sus vecinos, pero no ha sido fácil. «Un día, mi hijo, de 4 años, me dijo: Mamá, si vas tantas veces al hospital, a lo mejor también te contaminas y te mueres», cuenta la sanitaria echando la vista atrás y sin poder controlar las lágrimas. Asegura que los primeros días incluso evitaba abrazarlo.

La presión se ha hecho esta temporada más intensa si cabe. Desbordada, como el resto de compañeros, hace un balance de su día a día ahora que la región parece que empieza a tomar aliento y a ganar la batalla más dura que se recuerda en la historia reciente. «Todavía no existe la tranquilidad porque, aunque la carga de trabajo es menor, los pacientes que están aquí siguen siendo críticos. Hay algunos que llevan más de 40 días, más de 30 con ventilación mecánica… Y hay que atenderlos igual», continúa una de las personas que ha puesto en riesgo su supervivencia para salvar la de los demás. Su unidad sigue estando completa, con doce camas ocupadas por víctimas del coronavirus.

La enfermera, con el uniforme sanitario y mascarilla antes de empezar su turno

Esta temporada ha visto cómo a los ingresados se les escapaban los últimos suspiros de vida. Concretamente y, por suerte, desde que comenzó la pandemia ella solo ha tenido que asistir a la muerte de un hombre que estaba a su cargo. «Tenía 72 años, su familia no quiso despedirse para recordarlo tal y como era antes de llegar al hospital. Le cogí la mano y le deseé buen viaje», explica en un relato que no deja indiferente. «Es duro, como con cualquier paciente que se muere. Ves cómo se le escapa la vida y, encima, le tienes que quitar todo, meterle en el sudario, lavarlo con lejía… Esparcir lejía por encima de un cuerpo es lo más duro que he podido llegar a hacer. No poder salvarlo fue una derrota», prosigue.

Esta carrera de fondo no ha sido sencilla, a pesar de la experiencia. Los turnos de al menos siete horas que realizan se hacían, cada día, agónicos. Al principio de la epidemia, la escasez de material para protegerse hizo mella en los sanitarios. Sin ánimo de crítica, Rosa cuenta que a falta de EPI tuvieron que utilizar batas desechables. «No había ni gorros», asegura.

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La situación ha cambiado ahora, coincidiendo con la desescalada. «Los EPI completos llegaron hace dos semanas, hasta entonces utilizábamos batas de plástico. Mascarillas de máxima protección, por suerte, nunca nos han faltado», dice esta trabajadora que a lo largo de estos meses se ha sometido a dos pruebas de Covid-19: un PCR y una serología, ambas con resultado negativo; aunque reclama más, sobre todo para los compañeros de Urgencias, «la primera barrera del virus», dice. Las marcas de las gafas se han quedado marcadas en su piel, como una cicatriz de la guerra que han librado, que siguen librando: «Por el contacto, me ha salido dermatitis en la cara. Eso tardará en curarse».

Cuando vuelve a casa, tras cuatro días de turno diurno y dos de nocturno, el miedo la acompaña. Los botones del ascensor los toca con un palo para no exponer a sus vecinos a ningún riesgo. «Cuando sales sientes frustración, ira, preocupación… El día a día es una montaña de emociones que tienes que controlar», remarca ella antes de comenzar un turno más en el hospital. Al ponerse el uniforme intenta olvidarse de todo: «Solo estás pendiente de sacar adelante al paciente. Al final, ese es nuestro trabajo: nos dedicamos a cuidar gente».

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Estar desbordados ha complicado las cosas mucho más. A pesar de que la plantilla se reforzó, indica que se hizo con gente sin experiencia en la UCI. «Además de la sobrecarga de trabajo porque es un paciente crítico y te tienes que encargar de tres, tienes que estar pendiente del compañero que no sabe. Hubo días que solo estábamos dos veteranas en mi turno», subraya.

Otra complicación fue el traslado de la UCI. La gerencia del hospital decidió cambiar la unidad a otro espacio más grande, por la necesidad de atender a más afectados. Concretamente, consiguieron doblar el número de camas. Ante el descenso de casos, el viernes pasado volvieron a su ubicación normal. «La decisión se tomó de un día para otro. Trasladar a un paciente crítico implica que se pueda morir por el camino», explica. La dificultad residió en «montar la unidad casi desde cero, con el desorden de no tener las cosas en su sitio y la rapidez que eso exige». Rosa volverá cada día a su puesto, como el resto de sanitarios (80.000 según los datos de marzo de la Comunidad), dejando al miedo –y a la muerte– fuera de las puertas del hospital de Leganés.


Dani Diaz

Fotógrafo, editor, operador de cámara. Me dedico al mundo audiovisual, trabajo como fotógrafo de eventos, books y productos. También edito y grabo vídeos. Tambien realizos paginas web y toda clase de ediciones. Contenido para youtube y programas de Tv.

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