El invierno y la segunda ola ponen contra las cuerdas a las personas sin hogar

  • Las organizaciones sociales han visto cómo la crisis del coronavirus ha puesto contra las cuerdas a miles de personas a las que ya les costaba llegar a fin de mes

“Yo tengo un miedo terrible. Cuando anunciaron el estado de alarma pensé: ¿Dónde nos van a confinar a las personas que no tenemos techo?”. Enrique Gasch tiene 44 años y los últimos 16 los ha pasado en la calle. Vive con su “familia de tres miembros” –él y sus dos perras, Bruja y Sombra- en una tienda de campaña en la plaza de Neptuno, en el centro de Madrid.

Gasch recuerda los duros momentos de la primera ola de la pandemia, cuando se decretó el confinamiento total y se quedó sin sus principales fuentes de ingresos. Ahora, con el frío, nuevas restricciones a la movilidad y una peor situación económica, vuelve el miedo.

“Durante los primeros 15 años en la calle no he necesitado ninguna ayuda. O he mendigado, o he reciclado o he vendido cosas de segunda mano. Siempre me he buscado la vida para no necesitar nada de los servicios sociales, pero con la pandemia se tuercen las cosas”, explica.

Las organizaciones sociales han visto cómo la crisis del coronavirus ha puesto contra las cuerdas a miles de personas a las que ya les costaba llegar a fin de mes. “Hay más mujeres, más jóvenes. Personas que estaban en una situación difícil y que por la pandemia han caído del lado de la exclusión”, señala a RTVE.es Susana Hernández, responsable de Exclusión Social de Cáritas Madrid.

Las dos caras del toque de queda

Más de 30.000 personas viven en la calle en España, según los datos de la fundación Hogar Sí, pero estos números han crecido desde la llegada de virus y la crisis económica que ha desatado. En Barcelona, por ejemplo, la fundación Arrels había calculado en 1.239 las personas sin hogar en mayo, pero según su director, Ferran Busquets, eso “ha subido un poco”, ya que “las situaciones de crisis abocan a más gente a la calle”.

En Madrid, el Samur Social advierte de que todos los albergues municipales, incluso aquellos que se habilitan extraordinariamente para invierno, están ya “a tope”. Luis Miguel Montero, intendente de este servicio de emergencia, reconoce el temor ante los meses que están por venir: “No sabemos qué se va a hacer”.

Más personas y con menos recursos que en la primera ola, cuando las principales ciudades abrieron centros para acoger momentáneamente a las personas sin hogar, como Ifema en Madrid. Sin embargo, esas medidas extraordinarias ya no están en vigor y la crisis permanente del sinhogarismo ha vuelto a una triste normalidad, a lo que se suman además nuevas restricciones.

El cierre de bares en Cataluña, por ejemplo, ha impedido el acceso a “comida caliente, a lavabos, a agua corriente”, según apunta Busquets, que, sin embargo, asegura que, pese a que esperaban lo contrario, el toque de queda vigente en toda España ha tenido incluso consecuencias positivas.

“Yo estoy más tranquilo desde que no hay gente por las noches”, reconoce Gasch. Desde Arrels también han constatado un descenso de las agresiones que sufren las personas que viven en la calle.

Campañas del frío: un buen recurso durante poco tiempo

De cara a la parte más dura del invierno, las ciudades activan la llamada “campaña del frío” para dar un techo, al menos temporal, ante el mal tiempo. Las organizaciones consultadas aseguran que estas campañas, que coordinan los servicios públicos con entidades privadas, funcionan bien, pero que se trata de algo puntual.

Para el director de la fundación Arrels, “el problema está ahí todo el año” y estas campañas “se tienen que mantener”. “El hecho de que haya gente durmiendo en la calle es un error de las administraciones, que no están haciendo los deberes”, recalca.

Madrid habilita cada año dos albergues adicionales para afrontar la campaña de invierno, que va del 23 de noviembre al 1 de abril. Ahora, sin embargo, esos dos centros llevan abiertos desde marzo y están a rebosar por el aumento de la demanda y por los protocolos de seguridad anti-Covid. Los trabajadores del Samur Social quieren evitar los problemas de la primera ola, cuando estaban “desprotegidos” y “desabastecidos” ante el virus, tanto ellos como los usuarios.

En septiembre, un brote dejó 33 contagios en el albergue San Isidro de la capital. Varios de ellos eran trabajadores sociales, que siguen denunciando la falta de personal para hacer frente a esta crisis.

El laberinto de las instituciones

“Las instituciones funcionan muy mal, son muy burocráticas. Puede haber personas buenas que intentan ayudar, pero el sistema en el que están es lento e ineficaz”. Gasch confía poco en la ayuda de las administraciones. Ha pedido el Ingreso Mínimo Vital (IMV), pero no tiene “ninguna esperanza” de recibirlo a corto plazo, debido al colapso de la administración por las miles de peticiones.

Desde Cáritas coinciden también con el diagnóstico. “Falta una respuesta más global y más amplia de las instituciones. Solicitar el IMV es casi una gincana”, denuncia Hernández. Para Busquets, la respuesta de las administraciones a una crisis creciente es “completamente insuficiente”.

Las personas sin hogar denuncian que se sienten “discriminadas” cuando acuden a los servicios sociales. “A mí me discriminan. Por el hecho de no tener un hogar ya se supone que yo tengo problemas de alcoholemia, de drogadicción o psicológicos”, asegura Gasch.

El reto de los 365 días

Para este valenciano que lleva años viviendo en Madrid, el día a día se complica de cara al frío. Aunque en la capital hay alrededor de una decena de albergues, solo hay dos para personas con mascotas, y Gasch se fue de uno de ellos en el verano por las condiciones en las que tenían a sus animales, así que ahora ya no puede volver.

Las temperaturas en las jaulas para perros ponían en peligro a Bruja y a Sombra, por lo que decidió marcharse. Según cuenta, si una persona abandona voluntariamente uno de estos centros pierde el derecho a ser atendido en él. “Decidí que no iba a arriesgar la vida de mis perros por intentar arreglar mi vida, que era algo que no era seguro”, señala. Por eso volvió a la calle.

Para denunciar su situación y la inquietud ante el confinamiento, Gasch creó una cuenta de Twitter con el nombre “Sin techo Madrid”, en la que cada día publica un fotograma de sus vivencias en el “reto de los 365 días”.

“Me he pasado prácticamente todo el día buscando alternativas económicas y ligeras a las dos fundas nórdicas con las que cuento, pero que no parecen detener el frío de la calle”, es su publicación del día 3 del reto. “Anoche llegaron unos voluntarios a Paseo del Prado con mantas, café caliente y algo de ropa para quienes dormimos por ahí. Les conseguí unas bragas para el cuello a estos [sus perros], una chaqueta con forro polar y un gorrito para mí”, en el día 6.

Su situación ha mejorado respecto a la primera ola, cuando en los albergues “no había plazas para nadie”, pero sigue preocupado por qué hacer con sus dos perras si encuentra un trabajo mientras sigue en la calle. Mientras tanto, completa su formación a través de Internet como programador informático, uno de los trabajos que tuvo antes de terminar en la calle.

“Ahora estoy recibiendo algo de ayuda de personas desinteresadas, pero sigue sin ser la solución, no puedo depender de las personas para seguir viviendo”, cuenta Gasch, que a pesar del hartazgo por una situación que se alarga, confía en poder dar un vuelvo a su vida y salir de la calle.

Flaquea la solidaridad

En su primera embate, el coronavirus puso de relieve la realidad de miles de personas que no tenían donde confinarse y provocó una oleada de solidaridad y donaciones. Meses después, este impulso ha perdido fuerza y muchas organizaciones ven cómo los recursos empiezan a escasear cuando más los necesitan.

“La solidaridad se está reactivando tras el verano, aunque no con tanta fuerza. Hay gente en ERTE, que se ha quedado sin trabajo, son situaciones que dificultan la solidaridad”, afirma Hernández, que pese a todo siente “que la sociedad está apoyando”.

A servicios como Cáritas está acudiendo gente que no lo había hecho antes. Mujeres que cuidaban de ancianos y ahora han perdido ese empleo, solicitantes de asilo a los que les han denegado su petición o menores no acompañados que han cumplido 18 años son algunos de los nuevos perfiles del sinhogarismo.

Según Montero, a los albergues municipales de Madrid están acudiendo familias enteras, algo poco común antes. Son tanto españolas como extranjeras, y muchas vienen “porque se han se han quedado sin casa” tras impagos o desahucios.

Vamos a notar un aumento en la vulnerabilidad de las personas. Nos están llegando personas en peor situación, con más desahucios por alquiler; eso se va a traducir en familias, con menores, en situación de exclusión residencial”, advierte Hernández.

Para Busquets, los próximos meses serán clave. Aunque ahora todos sus esfuerzos se centran en evitar que entre el virus en los centros que gestionan, ya están con la vista puesta en el futuro cercano. En una fundación que depende en gran parte de donaciones privadas, alertan de que es necesario “prepararse para lo que vendrá”.

Fuente: Rtve. es. Link


Irene Martín

Mi cargo actual es redactora en la web de ‘Teleganés’ y a su vez dirijo el Twitter del mismo.